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En cada extremo del escenario un montoncito de paja, un cable tenso (de esos por donde caminan los funambulistas) situado a unos dos metros de altura, una lámpara a la izquierda y otra a la derecha, de esas que suelen salir en las películas denominadas de terror y las cuales, si el espectador pone demasiada atención o, al menos, la necesaria, parece que se mueven. Humo – calor - luces, humo – calor - luces, humo – calor - luces, es así como comienza el espectáculo. Los murmullos se acaban, más de un ciento de ojos fijos en el escenario, menos un par: Los míos. El humo se ha propagado, su olor llega incluso hasta los asistentes que nos encontramos en los últimos asientos del primer nivel. Empieza a provocar una sensación de calor que, conforme pasa el tiempo mientras esperamos que algo o alguien aparezca, se vuele insoportable. Quizá para unos más que para otros porque dos mujeres, situadas en dos extremos distintos, han sacado el arma poderosa de cualquier señora que no ...