En cada extremo del escenario un montoncito de paja, un cable tenso (de esos por donde caminan los funambulistas) situado a unos dos metros de altura, una lámpara a la izquierda y otra a la derecha, de esas que suelen salir en las películas denominadas de terror y las cuales, si el espectador pone demasiada atención o, al menos, la necesaria, parece que se mueven.
Humo – calor - luces, humo – calor - luces, humo – calor - luces, es así como comienza el espectáculo. Los murmullos se acaban, más de un ciento de ojos fijos en el escenario, menos un par: Los míos.
El humo se ha propagado, su olor llega incluso hasta los asistentes que nos encontramos en los últimos asientos del primer nivel. Empieza a provocar una sensación de calor que, conforme pasa el tiempo mientras esperamos que algo o alguien aparezca, se vuele insoportable. Quizá para unos más que para otros porque dos mujeres, situadas en dos extremos distintos, han sacado el arma poderosa de cualquier señora que no soporta tanto bochorno: Su abanico.  Siento envidia y, por la cara de muchos de los asistentes, estoy segura que no soy la única.
El escenario comienza a ser más visible. Empieza a deslizarse una pantalla en el centro y aparece proyectado un señor calvo de aproximadamente cuarenta años, vestido de playera blanca y pantalones cafés caqui con tirantes de color negro. Se encuentra sentado en un lugar que parece un camerino, se pinta la cara de tonalidad blanca con la pintura característica que utilizan los payasos (sí, él es uno) y comienza a hablarnos.

Se presenta al público. Se nota agitado y sobresaltado; sin embargo, habla, habla de manera lenta sobre las funciones que tiene un payaso: Entretener a un público a partir de un diálogo. Su agitación se hace más evidente, habla con una rapidez cada vez mayor, grita y comienza a describirse como un león enjaulado. Los asistentes se encuentran atentos con los ojos fijos y la respiración contenida, ¡LIBERTAD! Es todo lo que Sir Ko desea en la vida.
Cambio de escenario. Sir Ko comienza a hacer payasadas, dice chistes, hace trucos de magia y se mofa de las personas que, como él, no son libres. Un actor, de carne y hueso, sale a escena, se sienta en el piso y su cuerpo comienza a moverse conforme al sonido de tambores que en esos momentos comienzan a escucharse. Ruidos, ruidos de tambores hacen vibrar la sala, el personaje sale de escena, pero el ruido continua.

La persona que se encuentra a un lado de mí, Saúl Hernández, deja escapar un "Al fin" cuando este nuevo actor aparece en escena. Esbozo una sonrisa y le cuestiono por qué le produce un alivio que este haya aparecido, él me contesta que está acostumbrado a que, si va a una obra de teatro, haya un actor parado en el escenario, mirando y hablándole al público. Como esto no había ocurrido minutos antes no tenía la "sensación" de estar presenciando un espectáculo de este tipo sino de estar simplemente viendo una película más.

Me vuelvo y me parece que el público comienza aburrirse, tal vez porque no entienden lo que sucede o sencillamente, porque les incomoda el hecho de que, tampoco ellos, son libres. Sir Ko aparece nuevamente proyectado en la pantalla blanca del fondo y continua con su monólogo.
Durante un considerable lapso aparecen dos nuevas actrices que salen a escena: una de ellas es una bailarina, la cual se sube a los taburetes que hay en la escenografía y empieza un performance de ballet; la segunda es una joven que lleva un leopardo negro. Esta comienza a girar la manija que ajusta la tensión de la cuerda floja y, mientras lo hace, nuestro payaso empieza un soliloquio sobre el discurso verdadero, la muerte y lo cansado que está de las máscaras que debe utilizar y las cuales solo ocultan lo que en realidad es él, aquellas que no revelan lo que la gente es. Al llegar al clímax de su discurso se revienta la cuerda y genera un gran impacto entre los espectadores.
El payaso termina su monólogo. De pronto, de la parte derecha del escenario, sale una actriz interpretando el papel de una directora de cine, dialoga con él, le da indicaciones de los aspectos a mejorar y le comenta que puede ir a grabar el siguiente segmento. Ella voltea y por primera vez, nos mira y nos interpela diciendo que debajo de nuestros asientos hay serpentinas, las cuales tendremos que lanzar al aire cuando ella nos lo índice. Y sí, así sucede.
La proyección continua; sin embargo, llega un punto en el que Sir Ko desaparece y sólo se escuchan múltiples audios de discursos en la sala. De pronto, esta se torna blanca y aparece otro aparente payaso que anuncia la muerte de nuestro protagonista, se mofa de sus ideales y se despide diciendo: El show tiene que continuar.
La grabación sigue y de repente se proyecta la escena de los espectadores lanzando la serpentina: El espectáculo ha terminado. Los actores salen y comienzan a recoger los objetos utilizados durante la obra. Hay confusión en la sala, hay personas que se van dudosas y otras tantas que tienen la idea de que esto no se ha acabado. Yo estoy segura que fuimos parte de la obra, actores, payasos que en ocasiones nos encargamos de que nuestras vidas sean sólo un show que continúa.


**Entrevista





Comentarios