En cada extremo del
escenario un montoncito de paja, un cable tenso (de esos por donde caminan los
funambulistas) situado a unos dos metros de altura, una lámpara a la izquierda
y otra a la derecha, de esas que suelen salir en las películas denominadas de
terror y las cuales, si el espectador pone demasiada atención o, al menos, la
necesaria, parece que se mueven.
Humo – calor - luces,
humo – calor - luces, humo – calor - luces, es así como comienza el
espectáculo. Los murmullos se acaban, más de un ciento de ojos fijos en el
escenario, menos un par: Los míos.
El humo se ha propagado,
su olor llega incluso hasta los asistentes que nos encontramos en los últimos
asientos del primer nivel. Empieza a provocar una sensación de calor que,
conforme pasa el tiempo mientras esperamos que algo o alguien aparezca, se
vuele insoportable. Quizá para unos más que para otros porque dos mujeres,
situadas en dos extremos distintos, han sacado el arma poderosa de cualquier
señora que no soporta tanto bochorno: Su abanico. Siento envidia y, por la cara de muchos de
los asistentes, estoy segura que no soy la única.
Se presenta al público. Se nota agitado y sobresaltado; sin embargo, habla, habla de manera lenta sobre las funciones que tiene un payaso: Entretener a un público a partir de un diálogo. Su agitación se hace más evidente, habla con una rapidez cada vez mayor, grita y comienza a describirse como un león enjaulado. Los asistentes se encuentran atentos con los ojos fijos y la respiración contenida, ¡LIBERTAD! Es todo lo que Sir Ko desea en la vida.
Cambio de escenario. Sir
Ko comienza a hacer payasadas, dice chistes, hace trucos de magia y se mofa de
las personas que, como él, no son libres. Un actor, de carne y hueso, sale a
escena, se sienta en el piso y su cuerpo comienza a moverse conforme al sonido
de tambores que en esos momentos comienzan a escucharse. Ruidos, ruidos de
tambores hacen vibrar la sala, el personaje sale de escena, pero el ruido
continua.
La persona que se encuentra a un lado de mí, Saúl Hernández, deja escapar un "Al fin" cuando este nuevo actor aparece en escena. Esbozo una sonrisa y le cuestiono por qué le produce un alivio que este haya aparecido, él me contesta que está acostumbrado a que, si va a una obra de teatro, haya un actor parado en el escenario, mirando y hablándole al público. Como esto no había ocurrido minutos antes no tenía la "sensación" de estar presenciando un espectáculo de este tipo sino de estar simplemente viendo una película más.
Me vuelvo y me parece que el público comienza aburrirse, tal vez porque no entienden lo que sucede o sencillamente, porque
les incomoda el hecho de que, tampoco ellos, son libres. Sir Ko aparece
nuevamente proyectado en la pantalla blanca del fondo y continua con su
monólogo.
Durante un considerable
lapso aparecen dos nuevas actrices que salen a escena: una de ellas
es una bailarina, la cual se sube a los taburetes que hay en la escenografía y
empieza un performance de ballet; la segunda es una joven que lleva un leopardo
negro. Esta comienza a girar la manija que ajusta la tensión de la cuerda floja
y, mientras lo hace, nuestro payaso empieza un soliloquio sobre el discurso verdadero, la muerte y lo cansado que está de las máscaras
que debe utilizar y las cuales solo ocultan lo que en realidad es él, aquellas
que no revelan lo que la gente es. Al llegar al clímax de su discurso se
revienta la cuerda y genera un gran impacto entre los espectadores.
El payaso termina su
monólogo. De pronto, de la parte derecha del escenario, sale una actriz
interpretando el papel de una directora de cine, dialoga con él, le da
indicaciones de los aspectos a mejorar y le comenta que puede ir a grabar el
siguiente segmento. Ella voltea y por primera vez, nos mira y nos interpela
diciendo que debajo de nuestros asientos hay serpentinas, las cuales tendremos
que lanzar al aire cuando ella nos lo índice. Y sí, así sucede.
La proyección continua;
sin embargo, llega un punto en el que Sir Ko desaparece y sólo se escuchan
múltiples audios de discursos en la sala. De pronto, esta se torna blanca
y aparece otro aparente payaso que anuncia la muerte de nuestro protagonista,
se mofa de sus ideales y se despide diciendo: El show tiene que continuar.
La grabación sigue y de
repente se proyecta la escena de los espectadores lanzando la serpentina: El
espectáculo ha terminado. Los actores salen y comienzan a recoger los objetos
utilizados durante la obra. Hay confusión en la sala, hay personas que se van
dudosas y otras tantas que tienen la idea de que esto no se ha acabado. Yo
estoy segura que fuimos parte de la obra, actores, payasos que en ocasiones nos
encargamos de que nuestras vidas sean sólo un show que continúa.
**Entrevista
**Entrevista
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